Cuando un oficio desaparece, también se apaga una historia.

Entre montañas, caminos y casas veredales, aún sobreviven voces, herramientas, sonidos y saberes que durante generaciones han hecho parte de la vida de las comunidades de la provincia de Guanentá. Son pequeñas historias que, con el paso del tiempo, corren el riesgo de quedar en silencio.

Paisajes Sonoros y Oficios en Extinción: Memorias del Cañón a la Montaña nació para acercarnos a esas historias antes de que desaparezcan. El proyecto es financiado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, como una apuesta por reconocer, valorar y preservar las memorias, los saberes y las expresiones culturales que hacen parte de nuestros territorios.

Como creadora del proyecto, la Fundación GAIA, y en coherencia con los procesos ambientales que lidera, priorizó la búsqueda de oficios que tuvieran una relación directa con el entorno. Por ello, las historias seleccionadas tienen como elemento común el uso y aprovechamiento de recursos naturales, mostrando cómo estos materiales hacen parte de conocimientos, prácticas y formas de vida que han pasado de una generación a otra.

Esta serie fotográfica retrata sus oficios, pero también sus historias: mujeres que han encontrado en el trabajo artesanal una forma de sostener a sus familias, preservar sus costumbres, fortalecer su autonomía y compartir sus conocimientos con nuevas generaciones.

En Coromoro, Valle de San José y Barichara, niños y jóvenes se convirtieron en exploradores de su territorio, acercándose a mujeres que mantienen vivos saberes tradicionales aprendidos de sus madres, abuelas y familiares. A través de la fotografía y el registro sonoro, documentaron cómo la lana, el palmiche y la caña brava se transforman en objetos que cuentan historias y hacen parte de la identidad de sus territorios.

Así fueron encontrando tres oficios tradicionales y las personas que los mantienen vivos. Los documentaron a través de fotografías, pero también de sus voces, los sonidos de sus entornos y las memorias que acompañan cada oficio.

Porque cada imagen guarda algo más que un rostro o una actividad. Guarda un saber, un momento y una forma de relacionarse con el territorio. Y cuando una fotografía se acompaña de un sonido o de una voz, aparecen detalles que los ojos por sí solos no siempre alcanzan a contar.

Este recorrido es un encuentro entre generaciones. Una invitación a detenernos, mirar y escuchar para descubrir que detrás de cada oficio hay una persona, una historia y un territorio que merecen ser recordados.

Las siguientes páginas reúnen tres historias que abren una puerta a la memoria de nuestros mayores y nos permiten acercarnos a esos conocimientos que todavía esperan nuevas manos, nuevas voces y nuevos oídos.

Porque mientras haya alguien dispuesto a contar, escuchar y aprender, todavía hay mucho por preservar.


Explora las historias por territorio:

COROMORO

El colectivo Coromorarte nació en 2019 como una iniciativa para rescatar y preservar la cultura y las tradiciones que viven alrededor de las artesanías, luego del trabajo adelantado por la Fundación GAIA en este territorio y evidenciar que no se les daba uso a materiales como la lana de oveja.

Su conocimiento se construye desde la memoria oral y el aprendizaje entre generaciones. Hoy cuentan con una marca propia que les permite comercializar sus creaciones usando fibras naturales como el palmiche, el fique, casarón de plátano y la lana de oveja, generando ingresos que aportan a la autonomía económica y al sustento de sus familias.

Pero su labor va más allá de crear artesanías. Las integrantes en su mayoría adultas mayores comparten sus conocimientos con niñas, niños y jóvenes, para que estos saberes encuentren nuevas manos y la tradición permanezca viva a la vez que se preserva el medio ambiente y se mejoran los medios de vida de mujeres y niñas junto a sus familias.

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VALLE DE SAN JOSÉ

María del Carmen López, lleva más de 55 años dedicada al tejido de canastas. Aprendió este oficio de su esposo, en una época en la que para una mujer campesina el trabajo del campo y la artesanía eran parte de una misma lucha: conseguir el sustento para su familia con las herramientas que tenía a su alcance. Entre la agricultura y la artesanía, María del Carmen sacó adelante a sus siete hijos.

Su historia es la de una mujer que convirtió un conocimiento aprendido en una herramienta para sostener a su familia y que, cerca de los 80 años, todavía conserva las ganas de seguir tejiendo.

Los canastos que María del Carmen ha tejido durante décadas forman parte de su vida cotidiana. Cada pieza es el resultado de un oficio aprendido en familia y de una tradición construida con paciencia, trabajo y necesidad.

La caña brava, que crece principalmente a orillas de ríos y quebradas, se convierte entre sus manos en canastos que han acompañado durante generaciones distintas labores del campo: desde el transporte del mercado y la recolección de café, hasta el almacenamiento del bagazo en los trapiches. Y durante años ayudaron a llevar el sustento a su hogar.

Más que objetos, estos canastos son la huella visible de una vida dedicada al trabajo.

Antes de que exista un canasto, existe la búsqueda de la materia prima, varias veces por semana, María del Carmen salía al campo en busca de la caña brava. La cortaba, la recogía y cargaba los haces sobre su espalda hasta llevarlos a casa. Después, comenzaba otro trabajo que exigía fuerza y paciencia: limpiarla con el machete, retirar las hojas secas y sacar, de extremo a extremo, las tiras que servirían para el tejido. Hubo épocas en las que los pedidos llegaban en grandes cantidades. Los domingos, algunas personas llegaban hasta su casa para encargar dos o tres docenas de canastos. Durante el día trabajaba la tierra. Por la noche, tejía.

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BARICHARA

En la vereda Caraquitas, en Barichara, vive Belén Gómez, una mujer humilde que ha dedicado gran parte de su vida al cuidado de su familia y a conservar los saberes que aprendió desde niña.

De sus padres aprendió a hilar fique, elaborar jabón de tierra y comercializar estos productos. Con los años, también encontró en las plantas medicinales una forma de obtener algunos ingresos y mantener vivo el conocimiento sobre las propiedades de las especies que cultiva y utiliza en su hogar.
Belén llegó hasta la escuela Caraquitas para compartir sus conocimientos con los estudiantes de cuarto y quinto.

¿Qué es el fique? ¿Qué es la cañabrava? ¿Cómo se cultiva? ¿Es muy alta? ¿Tiene espinas?

Las preguntas de los niños fueron apareciendo mientras descubrían materiales, plantas y oficios que forman parte de la vida de Belén y de la tradición campesina de su territorio.

Para Belén, enseñar es una manera de mantener vivos los conocimientos que recibió de sus padres y que hoy comparte con sus hijos y con los niños de su comunidad.

Aquella escena, con los pequeños reunidos a su alrededor, escuchando y preguntando con curiosidad, representa mucho más que una jornada escolar.

Porque cuando una persona comparte lo que sabe, deja en otros una semilla que puede permanecer durante muchos años.

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